Días Análogos

De repente tu voz regresó a mí, y no, ya no sentí esa extraña sensación que te recorre el cuerpo como si un rayo de repente chocara contra ti.

Esa extraña sensación de frío en la espalda que va pasando poco a poco, como un millón de hormigas caminando lentamente desde el lumbar hasta la cervical; que van y regresan, regresan y van. Como cuando estaba en la prepa y volvía a mi casa exhausto, con la única esperanza de ver si me regresabas una respuesta a el mensaje que te había mandado horas o inclusive un día antes, porque estabas lejos y no podías responderme por la diferencia horaria y la conexión inestable a internet que pudiste haber tenido en ese tiempo.

Ya no sentí esa sensación, esa extraña sensación que también encuentro parecida a la adrenalina corriendo por todo mi ser, semejante a estar cayendo en picada, al vacío, a la nada.

Ahora sentí algo diferente, raro; pero no raro de raro, era raro de conocido pero olvidado.

Era como si estuvieras en algún lugar tranquilo, cálido; escuchando el cantar de las aves, la corriente del agua, la suave brisa acariciando tu piel, sintiendo los rayos del sol abrazándote, haciendo una bella coreografía con tu tacto al frotar una flor mientras sientes su perfume; y de pronto, pum, vuelves al presente, cayendo en picada, al vacío, a la nada.

Esa extraña sensación de soledad te rapta y te cautiva de nuevo.

Más o menos eso sentí, y afortunadamente pude regresar.

Pude regresar a esos días análogos donde nos vislumbré a ambos, estando en uno de tus espacios seguros.

Era una imagen difusa, pero me esforcé y claramente te percibí.

Estábamos los dos en tu balcón, recostados en el techo. Escuchando el cantar de las aves, la agitada sinfonía marcada por la caótica ciudad, la suave brisa acariciando nuestra piel, viendo un atardecer hermoso, que curiosamente siempre recuerdo presente en los días análogos.

Observé el lila y el cerúleo reflejados en tus ojos viendo fijamente al cielo, te abracé y aspiré tu perfume, tu suave perfume. Era un olor de estabilidad, de calma y calidez, dulces notas de vainilla, pan o inclusive galletas con leche por más absurdo que parezca. Curiosamente lo recuerdo así porque así lo distinguía yo, como un aroma excesivamente dulce, más no empalagoso o irritante, era delicado pero intenso al mismo tiempo.

Cuando me vi en la forzosa necesidad de exhalar, me preguntaste que qué hacía estando en ese momento contigo, que por qué de la nada regresé y te dije “te voy a contar un secreto, pero prométeme que no le vas a contar a nadie”, asentiste y me mostraste tu meñique, lo tomé con el mío empuñando, o más bien, «endedando» una promesa simbólica que ambos sabíamos que jamás se iba a romper. “Vengo del futuro”, te dije, “y estoy aquí para enmendar todos los errores que cometí en el pasado, esperando que me otorgues la venia de empezar de nuevo, más no de cero. Simplemente volver a comenzar, sin olvidar lo que siempre fuimos, pero ahora enfocándonos en lo que somos y en lo que podremos ser, analizando el pasado únicamente para no caer en los mismos charcos”.
 

Terminé de decirte eso y una sutil sonrisa se dibujó en tu rostro, soltaste mi meñique, dejé de sentir tu aroma y pum; caí en cuenta que volví al presente, cayendo en picada, al vacío, a la nada.

No quiero que los días análogos se detengan o desaparezcan, pero no sé si sea conveniente quedarme con eso o empezar a crear días homólogos, y por eso sigo aquí. Porque prometí evitar en la medida de lo posible dejarte sola.

Pero bueno, las cosas solitas se acomodan y si no nos reencontramos en un futuro próximo, no hay problema, la vida sigue, pero siempre tendré tatuados los recuerdos que tengo de esos días análogos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sirio Azul

De Multas Y Dudas